retrofuturismo · desarrollo web

He visto cosas que vosotros no creeríais

Reescribir el monólogo de Roy Batty para hablar de FrontPage, GeoCities, GIFs animados y todo lo que un servidor vivió en los inicios de internet. Un paralelismo entre Blade Runner y la prehistoria del diseño web.

Monitor CRT antiguo encendido sobre el borde de una azotea mojada por la lluvia, con luces de neón difuminadas al fondo y una paloma blanca alzando el vuelo

Yo… he visto cosas que vosotros no creeríais: Diseñar páginas web usando FrontPage. He visto GIFs animados colonizar sitios completos más allá de los dominios de Geocities. Todos esos momentos se perderán… en el tiempo… como cookies en la red. Es hora de innovar.

Esta frase no es nueva. Lleva años conmigo y lleva años publicada en otras de mis webs, donde aparece sin demasiado contexto, casi como cita suelta, confiando en que cada cual saque sus propias conclusiones. Lo que pasa es que con el tiempo me he ido dando cuenta de que cada vez hay más gente que la lee y solo capta la mitad. Pillan que es un guiño a Blade Runner, claro —el monólogo de Roy Batty es cultura pop suficientemente sólida—, pero lo de FrontPage o GeoCities ya les suena a chino. Y es lógico: quien empezó a moverse por internet hace diez años no tiene por qué haber oído hablar de ninguna de las dos cosas.

Así que toca lo que nunca había hecho con ella: pararme y desmontarla en piezas. Explicar el paralelismo con la película, contar qué fue FrontPage para los que aprendimos a hacer webs en los noventa y por qué GeoCities sigue siendo, a día de hoy, una de las ideas más bonitas que ha dado internet.

Por qué el monólogo de Roy Batty encaja tan bien con la prehistoria de la web

El monólogo original de Roy Batty —"tears in rain" para los puristas— funciona porque es la confesión de un ser artificial que ha vivido cosas extraordinarias y sabe que va a desaparecer sin que nadie pueda comprobar lo que vio. Naves ardiendo cerca de Orión, rayos C brillando en la oscuridad junto a la puerta de Tannhäuser. Imágenes que pertenecen solo a él y que, en cuanto cierre los ojos, se irán para siempre. Por eso pesa tanto.

La gracia del paralelismo con la web es justo esa. Quienes vivimos los primeros años de internet —digamos, ese tramo entre 1996 y 2005 donde todo era posible y nada funcionaba bien— vimos cosas que las nuevas generaciones no creerían si se las contaras sin pruebas. Y muchas de esas cosas, igual que las visiones de Roy Batty, se han ido perdiendo en el tiempo. Se quedan en capturas borrosas en Wayback Machine, en discos duros que ya no arrancan, en algún CD-ROM regrabable que se fue al contenedor azul hace quince años. Por eso el "como cookies en la red" me parece tan honesto: las cookies son lo más parecido que tenemos a una memoria efímera de aquella web. Caducan, se borran, las puedes rechazar de un click. Y todo lo que dejaron pasar, también.

FrontPage, el sueño WYSIWYG que Microsoft nos vendió como futuro

Para los que llegan ahora, conviene explicarlo bien. Microsoft FrontPage fue un editor visual de páginas web que apareció en 1996, después de que Microsoft comprara Vermeer Technologies, los creadores originales del programa. Estuvo integrado durante años en algunas ediciones de Office, su última versión —FrontPage 2003— se mantuvo en el catálogo hasta mediados de la década siguiente, y luego Microsoft lo jubiló sin demasiadas ceremonias para sustituirlo por Expression Web y SharePoint Designer.

La idea era preciosa sobre el papel: hacer páginas web sin saber HTML, igual que hacías documentos en Word. Tirabas una imagen, escribías un texto, ponías un cuadro de búsqueda con dos clicks y, según Microsoft, ya estabas listo para conquistar internet. La realidad fue bastante más sucia. FrontPage generaba un HTML horroroso, lleno de etiquetas propietarias y dependencias de las llamadas FrontPage Extensions, que solo funcionaban si tu hosting las soportaba. Las webs hechas con él tenían un olor inconfundible: tablas anidadas hasta el infinito, fuentes Comic Sans MS por defecto, fondos con texturas de mármol y barras de navegación que parecían botones de ascensor de hotel.

Y aun así, fue probablemente la herramienta que metió a más gente en esto del diseño web. Mucho antes de WordPress, mucho antes de Wix o Squarespace, FrontPage fue el primer "yo me hago mi propia web sin programar" de la historia. Por eso, aunque casi nadie quiera reconocerlo, le debemos algo. Más que algo, en realidad: le debemos una generación entera de gente perdiendo el miedo a publicar en internet.

GeoCities y los barrios virtuales donde todos éramos urbanistas amateur

El otro pilar del monólogo es GeoCities. Y aquí la historia es todavía más bonita. GeoCities nació a mediados de los noventa con una idea genial: en lugar de organizar las páginas personales por usuarios, las organizaba por barrios temáticos. Si te interesaba el cine, vivías en Hollywood. Si te gustaba la ciencia ficción, te tocaba Area51. Si tu rollo era el activismo, ibas a CapitolHill. Cada usuario tenía una dirección con número de calle y todo, y eso convertía la web en algo curiosamente urbano, casi físico. Era una metáfora arquitectónica llevada hasta el final, y a mí, que algo de cariño le tengo a la arquitectura, me sigue pareciendo una de las ideas más bonitas que ha dado internet.

Yahoo compró GeoCities en 1999 por una cantidad obscena de dinero —unos 3.500 millones de dólares pagados en acciones, para que nadie tenga que buscarlo— y diez años después la cerró casi sin explicaciones. Lo que se llevó por delante fue uno de los mayores patrimonios culturales no oficiales de internet: millones de páginas hechas a mano por personas que no eran diseñadores, ni programadores, ni nada parecido. Eran fans contando por qué les gustaba Twin Peaks, abuelas publicando recetas, adolescentes haciéndose pasar por adultos, adultos haciéndose pasar por adolescentes, parejas presumiendo de viaje de bodas con fotos escaneadas. Era la web tal y como debería haber seguido siendo siempre: un lugar para cualquiera, no un escaparate para empresas.

La estética imposible: GIFs animados, visitor counters y carteles de "en construcción"

Y luego estaba la estética. La estética GeoCities, que es una expresión que hoy se usa casi como insulto y que a mí me sigue pareciendo un género en sí mismo. Fondos negros con estrellas brillando, textos en cinco colores diferentes en el mismo párrafo, MIDIs reproduciéndose en bucle al cargar la página, GIFs de calaveras girando, banderas de países animadas, sobrecitos de e-mail parpadeantes, llamas reales en los bordes y, por supuesto, el sagrado cartel de "Sitio en construcción" con el obrero pixelado dándole al pico. Da igual cuándo entrabas: siempre había algo en construcción.

Había también un elemento delicioso, casi conmovedor: el contador de visitas. Cada página personal tenía el suyo, casi siempre puesto al final, y era una pequeña ventana a la fragilidad del proyecto. Si entrabas y veías el contador en 47 después de seis meses, sabías que estabas en territorio íntimo, en la página personal de alguien que no esperaba a casi nadie y que igual se alegraba un poco de que tú estuvieras ahí. Esa transparencia se ha perdido del todo. Hoy las webs miden cosas que no enseñan, y lo que enseñan suele ser una métrica trucada o redondeada hacia arriba. Aquellos contadores eran honestos hasta para hacer daño.

Lo que se perdió, lo que ganamos y por qué tocaba innovar

Es muy fácil mirar todo esto con condescendencia. Decir que aquellas webs eran feas, lentas, accesibles solo en teoría, plagadas de errores y mantenidas con chicle y celo. Y todo eso es cierto. Pero también lo es que tenían algo que la web actual ha extraviado por el camino: la sensación de que estaba en marcha, de que era un experimento colectivo y de que no había una manera correcta de hacer las cosas. Cada página parecía única porque, sencillamente, lo era. Hoy entras en cinco webs corporativas seguidas y son la misma web con el logo cambiado.

Por eso el "es hora de innovar" del final del monólogo no es una traición a aquella época, sino la única forma decente de honrarla. Innovar no consiste en quedarse atrapado en la nostalgia de FrontPage ni en intentar resucitar GeoCities con un dominio nuevo. Consiste en seguir empujando el medio, igual que ellos lo empujaron en su momento. Hoy lo hacemos con generadores de sitios estáticos, con CDN globales, con inteligencia artificial entrando hasta la cocina del flujo de trabajo, con accesibilidad de verdad y no como pegatina decorativa, con webs que pesan kilobytes en lugar de megabytes. Y mañana, casi seguro, lo haremos con cosas que ahora mismo no podemos ni imaginar.

Y cuando llegue ese momento, alguien escribirá otro monólogo parecido a este, recordando con cariño WordPress, las landing pages de Tailwind o esos sitios que en 2026 nos parecen ya muy normales. Todos esos momentos también se perderán en el tiempo, como cookies en la red. Es lo que toca. Es, justo, lo que la red ha sido siempre.

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