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Por qué este blog se llama Paigar

La historia de un nombre que arrastro desde la infancia, una película de 1968 que no se tomaba en serio a sí misma y un ángel semidesnudo con alas blancas que se me quedó dentro para siempre.

Ángel masculino de grandes alas blancas reclinado en una escenografía retrofuturista, evocación visual de Pygar.

El nombre que llevo puesto desde los trece años

Paigar me acompaña desde hace tantos años que ya no recuerdo bien cómo era llamarme de otra manera por dentro. Empezó a sonar en mi cabeza mucho antes de que internet fuera un sitio al que se entraba con un módem que sonaba a fax estrangulado, mucho antes de tener correo electrónico, mucho antes de imaginar que un día tendría que ir registrando dominios uno detrás de otro como si plantara árboles. Se coló por una rendija de la infancia y, en lugar de marcharse al rato, decidió quedarse a vivir.

Pero como toda historia que merece contarse, la de Paigar empieza con una obra maestra que no parece serlo. Y con un ángel semidesnudo. Por ese orden.

La primera vez que vi Barbarella

Tenía trece años cuando me crucé con Barbarella por primera vez. La pillé una noche en TVE —que era, en aquella época, prácticamente lo único que había— y recuerdo perfectamente la cara de absoluta perplejidad que se me debió quedar. Aquello no se parecía a nada que hubiera visto antes. Era cutre, era extraña, era —aunque todavía no tuviera esa palabra disponible en mi vocabulario— profundamente kitsch. Mucho tiempo después he podido ponerle fecha exacta a aquella primera vez: 30 de marzo de 1987, dentro del Lunes Cine de la segunda cadena. Lo que entonces no sabía es que la película llevaba ya un buen recorrido a sus espaldas para llegar a mi salón: rodada en 1968, no se estrenó en los cines españoles hasta 1975 —siete años después y pocos meses antes de la muerte de Franco—, y aún tuvo que esperar otros doce para colarse en el televisor de un niño en pijama un lunes por la noche. Para cuando aterrizó conmigo, andaba ya por su segunda o tercera vida, perfectamente envejecida y todavía enérgica.

La nave parecía un salón con moqueta peluda. Los efectos especiales daban más risa que terror cósmico. Y Jane Fonda flotaba sin gravedad mientras se quitaba un traje espacial en lo que sigue siendo, probablemente, el mejor crédito de apertura de la historia del cine. Todo en aquella película era absurdo y no se tomaba en serio a sí misma ni un solo instante.

Y eso, para un niño acostumbrado al cine respetable, fue una pequeña revelación. Resulta que se podía hacer eso. Se podía contar una historia y al mismo tiempo no creérsela. Se podía mezclar lo solemne con lo ridículo y que el resultado tuviera, encima, su propia poesía. La idea de que algo pudiera ser malo y maravilloso a la vez era, francamente, demasiado para mi cabeza. Pero se quedó.

Pygar, el ángel ciego

Y entonces apareció él. Pygar. El último ángel del planeta Tau Ceti, ciego, derribado, encontrado entre los matorrales por nuestra heroína intergaláctica. Sin camiseta, con dos alas blancas enormes a la espalda y un aire de derrota absoluta. Visto ahora, con casi cuarenta años más encima, John Phillip Law no me parece un actor especialmente guapo. Tiene una cara correcta, una mirada perdida y poco más. Pero entonces no estaba mirando con los ojos que tengo ahora. Estaba mirando con los ojos de un niño que todavía no sabía del todo lo que era pero estaba a punto de averiguarlo.

Y lo que vi fue otra cosa. Vi la fragilidad de quien ha caído desde muy alto. Vi unas alas blancas que servían de manta y de promesa. Vi a alguien que había olvidado cómo volar y que lo recuperaba en el tercer acto por amor —por un amor heterosexual, a decir verdad, pero a esa edad uno hace las traducciones que necesita hacer. Pygar no era un personaje, era una sensación: la primera vez que algo en una pantalla me hizo darme cuenta de que mirar no es nunca del todo inocente.

Me enamoré perdidamente de él, con ese amor platónico de niño que aún no tiene palabras para nombrarse. Y el nombre se me quedó pegado al cerebro. Pygar. Pygar. Pygar. Sonaba a contraseña, sonaba a hechizo, sonaba a algo que era mío y nadie más conocía.

De Pygar a Paigar

Cuando años más tarde llegaron los primeros chats de internet —aquellos IRC en los que uno podía inventarse una identidad nueva cada noche y nadie le iba a pedir cuentas— necesité un nick. Y ahí estaba Pygar, esperando turno desde hacía mucho. Lo castellanicé un poco, le quité la y griega, le metí una i bien latina, y me quedó Paigar. Más nuestro, más pronunciable, más mío.

A partir de ahí el nombre se fue extendiendo como mancha de aceite por todos los rincones de mi vida digital. Fue mi nick en chats, en foros, en las primeras redes sociales cuando todavía eran un sitio más o menos ilusionante y no un campo de batalla con publicidad. Fue, también, el nombre de mi primer perro —un compañero excelente que no tenía ni idea de quién era John Phillip Law pero respondía con dignidad cuando lo llamaba. Y fue, sobre todo, el nombre de mi primera empresa: Paigar Tecnologías de la Información SL, registrada con toda la pompa que cabe en una notaría.

Con el tiempo fueron llegando otros proyectos con otros nombres. Webspecialista, Idenautas, el Bilbonauta. Cada uno con su propia personalidad, su propio público y su propio rincón en el mundo. Paigar, mientras tanto, se fue replegando hasta quedarse como pseudónimo, como firma residual en redes que cada vez visitaba menos. Mantengo paigar.es como blog de desarrollo web —ese sí, con tono más sobrio—, y tenía por ahí el dominio paigar.eu durmiendo el sueño de los justos, sin uso real, esperando que alguien se acordara de él.

Y ahora qué hago con paigar.eu

Pues he pensado en reinventarlo. Convertirlo en otra cosa. Darle un sitio donde respirar.

El problema con tener un nombre que no significa nada concreto es que, en realidad, puede significar cualquier cosa. Estuve un rato pensando qué podía ser Paigar más allá del recuerdo de un ángel y de un alias de IRC. Probé acrónimos serios y no funcionó ninguno: todos sonaban a consultora con eslogan grabado en cristal. Probé acrónimos absurdos y la cosa empezó a ir mejor. Después de un buen rato de brainstorming surrealista, con la ayuda imprescindible del azar y de cierta desvergüenza, llegó por fin un ganador: Portal de Apuntes, Ideas, Garabatos, Artilugios y Retrofuturismo.

Que no es exactamente una declaración de intenciones, pero casi. Tiene la ventaja de no comprometerse a nada concreto y, al mismo tiempo, de definir bastante bien el aroma del local.

Un cajón desastre con licencia para todo

Lo que pretendo aquí es básicamente un cajón desastre. Un sitio donde escribir lo que me apetezca cuando me apetezca, sin tener que justificarlo ni encajarlo en ninguna línea editorial. Si me da por contar cómo he montado un script de cien líneas para optimizar imágenes, irá aquí. Si me da por escribir sobre la influencia del retrofuturismo en los tirantes de un cantante de los ochenta, también. Si me apetece reseñar un cacharrito raro que he comprado en una tienda china de Aliexpress, igual. Si quiero garabatear una idea que aún no sé bien adónde va, este es el sitio.

Las cosas serias —los artículos sobre desarrollo, accesibilidad, herramientas para clientes— seguirán teniendo su casa en Idenautas. Los viajes —los diarios largos, las catedrales, los hoteles, los ferrocarriles, los museos cerrados un martes por la tarde— seguirán viviendo en el Bilbonauta. Aquí cabe todo lo que no encaja en ningún otro sitio. Aquí cabe lo que sobra. Aquí cabe el resto.

No tengo una hoja de ruta. No sé hacia dónde va a derivar esto. Puede que en seis meses sea un blog de cocina inesperada, puede que sea un repositorio de quejas tecnológicas, puede que termine convertido en un homenaje en cinco capítulos a películas malas de los sesenta. Puede que las tres cosas a la vez. Lo iremos viendo sobre la marcha, que es el método.

Sin métricas, sin objetivos, sin red de seguridad

Y para que esa libertad sea real y no decorativa, he decidido una cosa que hace unos años no me habría imaginado decidiendo: aquí no va a haber métricas. No voy a instalar Analytics. No voy a mirar visitas. No voy a saber si un artículo lo lee una persona o cien mil. Y no por una cuestión de pureza moral —que me parece muy bien quien las usa con sentido—, sino por una cuestión puramente personal: si no veo los números, no puedo dejar que los números empiecen a decidir por mí qué se publica y qué no.

Trabajo todos los días con métricas. Mido conversiones de clientes, posicionamientos, velocidades de carga, tasas de rebote, cohortes y embudos. Las métricas son enormemente útiles cuando sabes para qué las quieres y peligrosísimas cuando empiezan a decidir por su cuenta qué tema toca esta semana. En Idenautas tienen su sentido. En el Bilbonauta tienen su sentido. Aquí no tendrían ninguno. Aquí lo único que quiero saber es si me ha apetecido escribirlo.

Así que bienvenidos —si es que sois alguien y habéis llegado hasta aquí— al Portal de Apuntes, Ideas, Garabatos, Artilugios y Retrofuturismo. Esto no se toma en serio a sí mismo. Como Barbarella. Esa es prácticamente la única regla.

Pygar estaría orgulloso. O probablemente le daría exactamente igual, que es una opción aún más elegante. Pero las alas, esta vez, las pongo yo.

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