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Gu Ta Gutarrak, un cuento sobre el origen de los baskos

Un relato de Magdalena Mouján Otaño publicado en 1968 que la censura franquista cortó a tijeretazos, donde una familia basca construye una máquina del tiempo para averiguar de dónde venimos y descubre algo que cualquier basko, en el fondo, ya sospechaba.

Familia basca de varias generaciones caminando juntos por un sendero entre montañas verdes hacia el Cantábrico, niños y adultos con boinas y ropas atemporales que podrían pertenecer a cualquier siglo, cielo plateado y luz suave

Hay cuentos que parecen escritos para un lector concreto, y Gu Ta Gutarrak parece escrito para mí. O para cualquier persona que haya crecido cerca del Cantábrico, que haya oído desde pequeño las teorías más estrambóticas sobre el origen de los baskos —que si descendemos de los atlantes, que si somos los íberos puros, que si tenemos un tipo de sangre único en Europa— y que tenga el oído lo suficientemente entrenado para reírse de todo eso sin que se le caiga ni un anillo del orgullo identitario. Lo descubrí no hace mucho y no he parado de recomendárselo a todo el mundo. Cuando un cuento se te queda dentro con la sonrisa puesta, conviene contarlo.

El relato lo escribió Magdalena Mouján Otaño, una matemática argentina hija de baskos emigrados, que entre integrales y demostraciones encontró tiempo para escribir ciencia ficción. Lo publicó en 1968, ganó con él un concurso convocado por la editorial española Dronte y, cuando se intentó publicar en España, la censura franquista lo cortó a tijeretazos. La versión que circula hoy por internet aparece con los fragmentos censurados marcados en rojo, lo cual le añade una capa de fascinación adicional: lees el cuento y a la vez ves qué ponía nervioso al censor, que es siempre un retrato indirecto bastante exacto de la dictadura que mantenía a ese señor en su silla.

El planteamiento, contado por un narrador que es ya el mejor chiste

Lo primero que te encuentras al abrir el relato es la voz del narrador, y esa voz es directamente la mitad del cuento. Es un basko emigrado a América, que ha hecho fortuna en condiciones que él mismo describe con una mezcla de orgullo y mala conciencia, y que cuenta la historia con una sintaxis levemente raruna —los verbos al final, los sustantivos primero, ese giro tan característico de quien piensa en euskera mientras escribe en castellano— que no es una imitación cómica del basko que habla mal el castellano, sino algo mucho más fino: la cadencia mental de alguien que tiene dos idiomas dentro y deja que el de dentro se note en el de fuera.

Y el narrador, además de hablar así, es uno de esos baskos para los que el orgullo de la especie es directamente cómico. Lo dice abiertamente al principio: los baskos no somos raza, sino especie. Cuenta lo de Roncesvalles negando que pidiéramos ayuda a los moros, que las peñas las alzábamos en vilo, y que cuando faltaban las peñas nos despeñábamos nosotros mismos contra el enemigo. Suelta cosas como que cuando un basko habla, por su boca habla la especie entera. Y todo esto sin pestañear, con el aplomo de quien lo cree de verdad. La gracia está en que tú, leyendo, no sabes muy bien si reírte de él o con él. Probablemente ambas cosas a la vez. Y esa ambigüedad es exactamente el punto.

La máquina del tiempo de Xaviertxo

El argumento empieza cuando el narrador, llamado Iñaki, hereda inesperadamente una fortuna de un tío suyo emigrado y se casa con su novia Gregoria. Pasan la luna de miel en Palomares —sí, ese Palomares, el de las bombas de hidrógeno que cayeron del cielo en 1966— y reciben una buena dosis de radiación. El doctor del pueblo les avisa de que su descendencia va a tener consecuencias genéticas. Y efectivamente: Xaviertxo, el primer hijo, nace tras once meses de embarazo, habla euskera perfecto a los cuatro meses, y a los ocho años decide que quiere ser físico teórico para estudiar la estructura del continuo espacio-tiempo. Detrás vienen seis hermanos más, todos igual de superdotados.

A Xaviertxo le mandan a estudiar a Zaragoza, luego a Rusia y luego a Estados Unidos. En Rusia derrota al campeón mundial de ajedrez y los soviéticos le ofrecen el oro y el moro, pero le prohíben trabajar en lo que de verdad le interesa porque sus teorías contradicen la dialéctica de Marx y Engels. En Estados Unidos los americanos le ofrecen un rancho en Texas con paredes hechas íntegramente de pantallas de televisión, pero tampoco quieren saber nada de su proyecto, que consideran un peligro para el American Way of Life. ¿El proyecto? Una máquina del tiempo. Naturalmente.

Es ahí donde Gregoria, la madre, suelta una de las grandes frases del cuento. Si tanto los rusos como los americanos dicen que la máquina no se puede construir, debéis construirla cuanto antes. Porque al euskaldun el que le contradice, lo que hace, no sabe. Vuelven a casa, fundan el Instituto de Investigaciones de los Orígenes de los Baskos en un valle cerca de Orio, y se ponen a ello con dinero del tío Isidro, treinta físicos e ingenieros, una computadora bautizada Jakinaisugurra (hocico inquisitivo en euskera) y un argentino llamado Martín Alberdi que llama a la madre Doña Goya y aporta el contrapunto perfecto a tanto orgullo basko de pata negra.

El argentino, que es la voz que el cuento necesitaba

Martín Alberdi es uno de los aciertos más bonitos del relato. Es un argentino de sangre baska que se ha unido al instituto, y su función dentro del cuento es básicamente la de pinchar globos. Cada vez que la familia se pone demasiado solemne con el orgullo de la especie, Martín suelta una broma que lo desinfla todo. Cuando le explican que la máquina del tiempo es teóricamente imposible porque uno podría viajar al pasado y matar a su abuelo, adiós uno y agur máquina, Gregoria le contesta con toda la calma del mundo: ninguna contradicción veo, pues a ningún basko se le ocurriría a su abuelo matar. Que es exactamente el tipo de respuesta que hace que te tengas que parar un momento a respirar antes de seguir leyendo.

La presencia de Martín es importante porque le da a Mouján Otaño la posibilidad de reírse de los baskos sin que el cuento parezca una operación de autobombo nacionalista. Martín es de la familia, pero lo es desde fuera. Quiere mucho a los Goya, se enamora de Aránzazu, llama Aitor al padre y Ama Goya a la madre con un cariño absolutamente verdadero. Pero conserva la distancia suficiente para soltar las verdades incómodas y para hacer las bromas que un basko nacido en Euskal Herria probablemente no se atrevería a hacer. Esa figura del pariente lejano que es de los nuestros pero ve cosas que nosotros no vemos porque las hemos normalizado, es brillante.

El viaje hacia atrás y lo que encuentran (o no encuentran)

Cuando la máquina —bautizada Pimpilimpausa, que en euskera quiere decir mariposa— por fin funciona, la familia entera empieza a saltar hacia atrás en el tiempo, con perros incluidos. Y aquí viene lo mejor del cuento, lo que justifica todo lo anterior y lo que convierte un relato divertido en un relato memorable. En cada época que visitan, los baskos siguen siendo exactamente iguales. Mismo idioma, mismas casas, mismas comidas, mismos bailes, mismos chistes sobre el gobierno central. Saltan al siglo XVI y la gente habla euskera idéntico al suyo. Saltan al siglo VIII y siguen entendiéndose con todos. Saltan a antes de Cristo y la cosa va igual.

Hay una frase que Martín suelta en uno de esos saltos y que resume el chiste central del relato. Le sorprende que con sus ropas baskas del siglo veinte y su euskera del siglo veinte no llamen la atención en el siglo dieciséis. Un pueblo que no evoluciona. Grave, grave, le contestan los demás extranjeros del instituto entre cucharadas de bacalao al pil pil, y todos ríen. Es un chiste que solo funciona porque es completamente injusto y completamente cariñoso a la vez. Mouján Otaño se está riendo de la idea misma de un pueblo eterno e inmutable, pero lo está haciendo desde el cariño de quien sabe que esa idea es justamente la que sostiene a un montón de gente que lo único que ha hecho en la vida es pescar en el Cantábrico y bailar aurreskos.

Al final, después de varios saltos, llegan a una época en la que ya no hay ni rastro de seres humanos en aquellas tierras. Y Pimpilimpausa se rompe. La familia se queda atrapada en aquel valle, en plena edad de hielo, sin manera de volver. Lo aceptan con naturalidad. Aránzazu y Martín se casan y tienen una hija que se pasa el día dibujando en las paredes de la gruta de Orio. Y entonces el lector cae en la cuenta. Las pinturas rupestres que el narrador menciona al principio del cuento, esas que ha contemplado tantas veces preguntándose por sus antepasados, son las que está dibujando ahora la nieta de la familia. Los baskos descienden de los baskos. Han viajado al pasado para fundar a su propio pueblo. Por eso siempre han sido iguales. Por eso siempre hablaron euskera. Por eso nadie sabe de dónde vienen. Vienen de sí mismos.

Lo que el censor cortó, que es exactamente lo que mejor define a una dictadura

Una de las cosas que más me ha gustado del PDF que circula por la red es que va marcando en rojo lo que la censura franquista cortó cuando se intentó publicar el cuento en España. Leer esos fragmentos en rojo es un ejercicio fascinante porque, como suele pasar, lo que pone nervioso al censor es siempre un retrato indirecto de lo que la dictadura considera amenazante. Y lo que ponía nervioso al censor de turno con este relato no era ni la ciencia ficción, ni la máquina del tiempo, ni la radiación, ni siquiera el humor. Eran cosas mucho más concretas y mucho más reveladoras.

Le ponían nervioso, por ejemplo, las quejas de los pescadores del siglo XVI sobre lo poco que respeta los Fueros el gobierno central, y los comentarios sobre los flamencos que se ha traído consigo Don Carlos. Le ponían nervioso las menciones a los carlistas. Le ponían nervioso ciertas referencias religiosas. Le ponían nervioso, sobre todo, los pasajes donde se subraya la continuidad del pueblo basko, su lengua, su separación del resto de Europa. Es decir: lo que el censor cortó es exactamente lo que define al franquismo como régimen. La paranoia ante cualquier identidad regional, la incomodidad con cualquier referencia a libertades históricas anteriores al estado central, la sospecha permanente. Mouján Otaño escribió desde Argentina un cuento donde un físico basko derrota al campeón soviético de ajedrez y rechaza un rancho americano, y al censor de turno lo que le quitó el sueño fueron tres líneas sobre los Fueros.

Lo que de verdad enseña el cuento

Si tuviera que resumir en una sola frase lo que me llevé al cerrar el relato sería esta: Gu Ta Gutarrak es una lección sobre no tomarse demasiado en serio a uno mismo. Y lo es de la única manera que esa lección puede funcionar de verdad: queriendo profundamente al sujeto del que se ríe. Mouján Otaño quiere a los baskos. Lo notas en cada párrafo. Pero precisamente porque los quiere, se permite reírse de su orgullo de especie, de su terquedad, de su negativa a evolucionar, de su convicción de que cualquier basko es por definición incapaz de matar a su abuelo. El humor sin cariño es burla, y el cariño sin humor es propaganda. Lo bonito del cuento es que demuestra cómo se hacen las dos cosas a la vez sin que se caigan.

Y hay otra capa, todavía. El relato sugiere que la identidad fuerte —esa que tantas veces se vive con solemnidad— quizá solo se sostiene del todo cuando viene acompañada de humor. Los baskos del cuento son eternos, sí, pero lo son porque también son capaces de reírse de sí mismos eternamente. Las identidades que se toman demasiado en serio acaban convertidas en folletos, en partidos, en monumentos. Las identidades que conservan el humor acaban convertidas en literatura, en bromas familiares, en un narrador raruno que cuenta su historia desde América con los verbos al final. Y eso, en algún sitio, también es una forma de durar.

Por qué conviene leerlo

El cuento se puede encontrar fácilmente en internet, en versión digital, con los fragmentos censurados marcados en rojo. También se ha reeditado en algunas antologías de ciencia ficción argentina y española, y forma parte ya del canon de la ciencia ficción en castellano, aunque sea un canon discreto al que casi nadie hace caso. Léelo si te gustan los relatos que mezclan humor, identidad, física teórica y bacalao al pil pil. Léelo si tienes algo que ver con el Cantábrico, aunque sea de pasada. Léelo, sobre todo, si alguna vez te has tomado a ti mismo demasiado en serio y necesitas un recordatorio amable de que la mejor versión de cualquier cosa que seas pasa por poder reírte de ella. Gu Ta Gutarrak, nosotros y los nuestros, es de esos cuentos que se quedan. Y se quedan, además, sonriendo.

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