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Los nueve billones de nombres de Dios: el relato que no me abandona

Un cuento de Arthur C. Clarke que al principio me pareció demasiado simple. Llevo años dándole vueltas sin saber muy bien por qué.

Monasterio tibetano en la niebla nocturna bajo un cielo estrellado que se apaga lentamente

Lo leí porque todo el mundo decía que había que leerlo. Aparece en casi todas las listas de mejores relatos cortos de ciencia ficción, se cita en foros, en artículos, en conversaciones entre aficionados al género. Cuando algo recibe ese tratamiento sistemático, uno termina cediendo. Así que busqué "Los nueve billones de nombres de Dios" de Arthur C. Clarke, me senté cómodo y lo leí de una vez, que tampoco es tan largo.

Terminé con una sensación extraña. No de decepción exactamente, pero sí de algo parecido al desconcierto. El final me pareció... ¿demasiado fácil? ¿Demasiado limpio? Pensé que igual la leyenda era mayor que el relato.

Y sin embargo, semanas después seguía pensando en él.

Arthur C. Clarke y el arte de la idea pequeña con consecuencias enormes

Clarke es uno de los grandes de la ciencia ficción del siglo XX, aunque a veces queda algo eclipsado por Asimov o Philip K. Dick en las conversaciones populares. Es el autor de 2001: Una odisea del espacio —la novela que sirvió de base para la película de Kubrick— y formuló las célebres leyes que llevan su nombre, la tercera de las cuales dice que "cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia". Una frase que, curiosamente, resuena de fondo en este relato.

Lo que Clarke hacía especialmente bien en el formato corto era construir una premisa desbordante con una economía de palabras notable. Sin adornos, sin personajes demasiado elaborados, sin digresiones. La idea al frente y todo lo demás a su servicio. "Los nueve billones de nombres de Dios", publicado en 1953, es un ejemplo perfecto de esa forma de trabajar.

La premisa: monjes tibetanos con un problema de cómputo

La historia arranca con algo que suena absurdo en el mejor sentido posible: unos monjes tibetanos quieren alquilar una computadora. Su objetivo es generar todos los nombres posibles de Dios —según sus creencias, escritos en un alfabeto especial de nueve letras con ciertas reglas de combinación— y llevan tres siglos haciéndolo a mano. Les quedarían unos quince mil años de trabajo. Con la máquina, pueden terminarlo en tres meses.

Dos ingenieros occidentales son enviados al monasterio para instalar y mantener el equipo. Son el contrapunto racional, escéptico, un poco hastiado. Ven la empresa como una rareza pintoresca, como la cosa más absurda que les ha tocado hacer en su carrera. Se preguntan qué pasará cuando los monjes terminen la lista y el gran acontecimiento prometido no ocurra. Les preocupa estar cerca cuando llegue el momento del desencanto.

Clarke maneja muy bien esa tensión entre dos visiones del mundo: la racionalista y la espiritual. No se burla de ninguna de las dos. Deja que coexistan con naturalidad, y eso es más difícil de conseguir de lo que parece.

El final que me pareció tonto y del que ya no estoy tan seguro

Sin entrar en demasiados detalles para no arruinárselo a quien no lo haya leído, el relato termina de forma muy breve, casi telegráfica. En dos líneas. Y esas dos líneas son las que llevan años persiguiéndome.

Cuando lo leí por primera vez pensé que era un truco fácil. Casi un chiste cósmico. El tipo de remate que funciona en el instante pero que no resiste demasiado análisis. Me quedé con esa sensación de "¿ya está?".

Pero lo que pasa con los relatos que tienen buenas ideas es que la idea no se queda quieta. Sigue trabajando después de que cierras la página. Y con el tiempo entendí que ese final tan corto, tan seco, tan aparentemente simple, es exactamente lo que el relato necesita. Cualquier otro cierre hubiera sido innecesariamente dramático, hubiera explicado demasiado, hubiera subrayado lo que no necesita subrayarse. Clarke confía en el lector. Dice lo justo y se calla.

Además hay algo en la manera en que está construido —los ingenieros bajando la montaña, ajenos a lo que está pasando en lo alto— que le da una dimensión casi poética. El fin del mundo como algo que ocurre sin avisar, sin estruendo, sin que nadie lo proclame. Como cuando se apaga una luz.

Por qué sigue apareciendo en todas las listas

Los relatos que resisten el paso del tiempo no son necesariamente los más elaborados ni los más ambiciosos. Son los que hacen una sola cosa muy bien y consiguen que esa cosa se instale en ti de manera permanente.

"Los nueve billones de nombres de Dios" plantea una pregunta enorme disfrazada de anécdota burocrática: ¿y si el universo tiene un propósito concreto, y ese propósito es finito, y nosotros somos los que sin saberlo lo completamos? No da respuesta. No necesita darla. La pregunta ya es suficiente.

Es el tipo de idea que vuelve a ti mientras esperas el autobús, o justo antes de dormirte, o cuando miras el cielo en una noche clara. Sin razón aparente. Ahí está.

Supongo que eso es lo que hace que un relato corto merezca su leyenda.


Si te apetece leerlo, es fácil de encontrar en antologías de Clarke y en varios rincones de internet. Se lee en menos de media hora y vale exactamente lo que promete.

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