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La pequeña estafa cotidiana del pago con tarjeta

Hemos normalizado pagar todo con tarjeta porque es cómodo, rápido y limpio. Pero hay un detalle del que casi nadie habla y que conviene mirar con calma: cada transacción deja un trozo del dinero en el banco, y al final del recorrido la cuenta sale rara.

Mano introduciendo una tarjeta bancaria en un datáfono sobre el mostrador de madera de una pequeña tienda de barrio, con luz cálida y tarro de cristal con monedas sueltas desenfocado en una esquina

Hay cosas que hemos normalizado tan deprisa que ya nos parecen el orden natural del mundo. Pagar con tarjeta es una de ellas. Llevo años sin sacar dinero del cajero más que de uvas a peras, he viajado a países fuera de la zona euro sin llegar a ver de cerca su moneda local porque todos los pagos los hice con tarjeta o con el móvil, y reconozco abiertamente que en el supermercado prefiero pasar el plástico por el datáfono mientras embolso la compra que ponerme a buscar monedas en la cartera. La comodidad gana. Suele ganar. No voy a fingir que estoy por encima de eso.

Pero llevo un tiempo dándole vueltas al tema, y hay un par de cosas que conviene poner en orden antes de seguir tragando con la narrativa oficial de que pagar con tarjeta es siempre, automáticamente, un avance. Porque hay un trozo de la película que casi nadie cuenta. Y cuando alguien me lo contó en su momento con un ejemplo muy sencillo, ya no he conseguido dejar de verlo.

El ejemplo del billete de cincuenta euros

Imagina un billete de cincuenta euros. Sale de tu cartera y entra en la caja de una tienda de barrio cuando pagas la compra. El tendero, al cabo de unos días, usa ese mismo billete para pagar a su distribuidor. El distribuidor lo lleva en la cartera y se lo deja al empleado de la gasolinera al llenar el depósito. El empleado de la gasolinera, esa misma noche, paga con él la cena en un restaurante. El cocinero del restaurante lo coge para pagar al pescadero al día siguiente. Y así sucesivamente, durante veinte transacciones, treinta, las que tú quieras imaginar.

Al final del recorrido, el billete vale exactamente lo que valía al principio: cincuenta euros. Sigue ahí, intacto, listo para participar en la siguiente operación. Ha facilitado decenas de intercambios económicos sin perder un céntimo por el camino. Su valor es estable, completo, íntegro.

Ahora imagina ese mismo recorrido pero pagando con tarjeta. Tú pagas tus cincuenta euros en la tienda de barrio y, entre el banco emisor, la red de pago y otros intermediarios, se quedan cinco céntimos. Una nimiedad. Cuando el tendero paga al distribuidor, otros cinco céntimos. Cuando el distribuidor paga la gasolina, otros cinco. Cuando el empleado paga la cena en el restaurante, otros cinco. Cuando el cocinero paga al pescadero, otros cinco. Y así sucesivamente. Cada operación parece insignificante por separado, una mordida tan pequeña que ni te molestas en mirarla.

Pero echa la cuenta. Después de veinte transacciones, esas mordidas insignificantes suman un euro entero. En cien transacciones, cinco euros. Y aquí está el detalle que cambia la perspectiva: veinte o cien transacciones no son nada. Un único billete de cincuenta euros, cuando estaba en circulación de mano en mano, podía participar en cientos o miles de operaciones a lo largo de su vida útil sin perder un solo céntimo. En su versión digital, esos mismos cincuenta euros, al cabo de doscientas operaciones, se han convertido en cuarenta. Diez euros han desaparecido por el camino. No los ha gastado nadie en nada. No han comprado nada. Simplemente han ido cayendo, céntimo a céntimo, en las cuentas de quienes hacen de peaje en cada transacción.

Un peaje invisible que no existía con el efectivo

Esto es lo que más me sorprende cuando lo pienso bien. Que estamos hablando de un coste que sencillamente no existía cuando usábamos efectivo. El billete de cincuenta euros pasaba de mano en mano sin que nadie cobrara comisión por intermediar. El sistema de pagos era, literalmente, gratis para todos los participantes. La fricción era cero. Y por mucho que las comisiones individuales por operación parezcan pequeñas —céntimos, fracciones de céntimo, porcentajes ridículos— el efecto acumulado es enorme cuando lo multiplicas por miles de millones de transacciones diarias en todo el mundo.

Sí, es verdad que ese dinero no se lo queda solo el banco. Se reparte entre el banco emisor, la red de pago internacional, el banco adquirente, el procesador, el fabricante del datáfono y unos cuantos intermediarios más con nombres de tres letras que casi nadie conoce. Pero a efectos prácticos, eso me da exactamente igual. Lo relevante es lo otro. Lo relevante es que los consumidores y los pequeños comerciantes han perdido colectivamente un dinero que con el efectivo no perdían, y que ese dinero ha aterrizado en los balances de un sector financiero que jamás había tenido acceso tan directo y tan automático a un porcentaje de cada compra que se hace en el mundo. Eso es un cambio histórico de proporciones inmensas, y se ha colado en nuestra vida cotidiana sin debate público alguno, simplemente porque el datáfono pita más rápido que la calderilla.

Y encima te cobran por usar tu propio dinero

Como si esto no fuera suficiente, el sistema tiene capas adicionales. Muchos bancos cobran a sus clientes una cuota anual por el simple hecho de tener una tarjeta. Pagas a tu banco para que te deje pagar. Es un giro lingüístico tan absurdo que cuando lo dices en voz alta cuesta creérselo, pero ahí está, en los extractos mensuales, año tras año. Hay tarjetas gratuitas si cumples ciertos requisitos —domiciliar la nómina, alcanzar un volumen de gasto, contratar otros productos—, pero eso no es gratis tampoco. Es solo otra forma de pago, esta vez en forma de fidelidad y datos.

El comercio, por su lado, paga su propia colección de tributos al sistema. Le alquilan el datáfono al banco a un precio mensual fijo. Le cobran una comisión por cada operación, normalmente como porcentaje del importe. A veces le cobran también por las operaciones canceladas, por las devoluciones, por la conexión a la red. Cuando entras en una tienda pequeña y ves el cartel que dice importe mínimo para pagar con tarjeta: diez euros, no es porque al tendero le caigas mal. Es porque para una venta de dos euros, la comisión que le cobra el banco se come directamente todo el margen. No es un capricho del tendero. Es supervivencia.

Y por supuesto, todos esos costes que paga el comercio no salen del aire. Salen del precio que pagamos los consumidores. Cuando compras una barra de pan, una parte minúscula de su precio está pagando la comisión que el datáfono cobrará si pagas con tarjeta, aunque tú pagues en efectivo. El sobrecoste se ha incorporado al precio final de las cosas, igual que se incorporan otros costes operativos. La diferencia es que este es un coste añadido por una infraestructura que antes no existía y de la que no podemos prescindir, porque cada vez hay más sitios donde directamente no aceptan otra cosa.

El servicio que recibimos a cambio de toda esta sangría

Aquí es donde la cosa empieza a ser ya directamente irritante. Porque uno podría aceptar todos estos costes si recibiera a cambio un servicio espectacular. Pues no. El servicio que ofrece la banca al cliente medio es lamentable en una proporción difícil de exagerar. Las oficinas bancarias se han ido cerrando una tras otra. Las que quedan abren con horarios laborales que coinciden exactamente con los horarios laborales del cliente, lo cual es magia logística pura. Las operaciones en ventanilla están racionadas como si fuesen un bien escaso: pagos de recibos en horario restringido, retirada de efectivo solo hasta una hora concreta de la mañana, gestiones presenciales atendidas con cita previa concertada con varios días de antelación.

Esto no lo digo desde la queja del que pierde el tiempo en colas. Lo digo desde la constatación objetiva de que el sector financiero ha conseguido, en pocos años, cobrar más por hacer menos. Más comisiones por operación, menos atención al cliente. Más cuotas por tarjeta, menos oficinas. Más beneficios récord trimestrales, menos servicio. Y todo bajo la narrativa de la digitalización y la modernidad, como si renunciar a hablar con un humano cuando tienes un problema con tu propio dinero fuera un avance civilizatorio. No lo es. Es el resultado de un cambio en el equilibrio de fuerzas entre el sector y sus clientes que se ha producido sin que apenas nadie protestase.

Y queda otro detalle que me parece importante mencionar, aunque sea brevemente: la privacidad. El efectivo es anónimo. Cuando pagas un café con un billete, nadie sabe que has pagado un café. Cuando pagas con tarjeta, hay un registro permanente de qué compraste, dónde, a qué hora, junto a qué otras compras y por qué importe. Ese registro lo guardan tu banco, la red de pago, el comercio, sus respectivos proveedores tecnológicos y, dependiendo de la jurisdicción, varias administraciones más. Es un nivel de trazabilidad de la vida cotidiana que hace cuarenta años habría parecido distopía y que hoy hemos aceptado a cambio de pagar el supermercado más rápido. Que cada cual decida si el intercambio le compensa, pero al menos conviene que lo decida sabiéndolo.

Lo que estoy haciendo, sin pretender heroísmos

No voy a venir aquí a anunciar que he desterrado la tarjeta de mi vida. No es verdad ni lo va a ser. La pereza, la prisa, la comodidad y la cantidad de sitios donde ya directamente no aceptan otra cosa pesan demasiado para fingir lo contrario. En el supermercado, después de quince minutos llenando el carro, sigo prefiriendo pasar el plástico mientras embolso que ponerme a contar monedas. En los viajes, especialmente fuera de la zona euro, el cambio de divisa en efectivo tiene sus propias trampas que muchas veces son peores que las de la tarjeta. Ser realista en estos temas también es importante, porque el moralismo del consumo ético sin matices acaba siendo siempre un postureo que no soluciona nada.

Lo que sí estoy haciendo desde hace un tiempo es un esfuerzo consciente por reducir el número de operaciones con tarjeta cuando puedo hacerlo sin grandes complicaciones. Llevar algo de efectivo encima cuando salgo. Pagar en metálico en la cafetería, en la panadería, en el bar del barrio, en los pequeños comercios donde sé que cada comisión se le come el margen al dueño. Sacar una cantidad razonable de dinero del cajero al principio de la semana y administrarla. Pequeños gestos que individualmente no cambian nada, pero que al menos me permiten saber que no estoy contribuyendo automáticamente, en cada movimiento, al peaje invisible que hemos aceptado sin discutirlo.

Y mientras tanto, recordar de vez en cuando el ejemplo del billete de cincuenta euros. Que circulaba cien veces y seguía valiendo cincuenta. Y que ahora, en su versión digital, circula cien veces y vale cuarenta y cinco. Cinco euros que se han evaporado por el camino sin haber comprado nada. Y multiplica eso por todos los billetes virtuales que circulan cada día en una economía moderna. La cifra que sale es astronómica. Y es una cifra que alguien se está quedando. No tú. No el tendero. No el camarero. Alguien que hace de peaje y que no estaba ahí antes. Y que cuando uno se para a mirar quién es y cuánto está cobrando por estar ahí, la respuesta no resulta especialmente tranquilizadora.

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