Por qué Superman sigue siendo mi superhéroe favorito
Confesiones de un ex coleccionista de cómics que ha leído de todo, desde Batman hasta The Authority pasando por Miracleman, y que sigue eligiendo al kriptoniano. No por sus poderes. Por algo mucho más sencillo y mucho más raro hoy en día.

Tengo que confesar algo de entrada para que el artículo se entienda bien. Hace años que he ido dejando de leer cómics. Lo que en otra época fue una pasión absorbente —pilas de grapas en la estantería, peregrinaciones a la tienda especializada, listas mentales de números pendientes— se ha convertido con el tiempo en un recuerdo cariñoso al que apenas vuelvo. Buena parte de mi colección la he ido vendiendo. Algunos volúmenes me los he quedado, los importantes, los que tienen valor sentimental por encima del valor de mercado. Pero la relación con el medio ya no es activa desde hace tiempo. Esto que escribo ahora lo hace alguien que fue lector ávido y que hoy mira el género con la perspectiva del que ya está fuera. Lo cual, paradójicamente, me parece el mejor sitio desde el que hablar de un superhéroe.
Porque después de tantos años de haber leído de prácticamente todo, después de haberme dejado seducir por las versiones más oscuras y complejas del género, después de haber visto mil giros, deconstrucciones, antihéroes y subversiones, el personaje al que sigo volviendo cuando pienso en superhéroes es el mismo que cualquier persona elegiría si solo conociera uno: Superman. El de toda la vida. El de la capa roja y la S en el pecho. El que casi todo el mundo considera aburrido, plano, simplista y demasiado poderoso para resultar interesante. Ese.
La acusación habitual: que es soso porque es invulnerable
Cuando alguien dice que Superman le aburre, casi siempre se refiere a lo mismo. Se refiere a que es prácticamente indestructible, a que sus poderes son tan exagerados que no hay manera de generar tensión narrativa con él, a que las únicas amenazas creíbles son la kryptonita y los enemigos también kryptonianos, y a que un personaje sin fragilidad real no puede sostener historias adultas e interesantes. Es una crítica que se entiende. Tiene incluso algo de lógica si uno piensa exclusivamente en términos de mecánica narrativa.
Pero esa crítica se equivoca de criterio. Confunde lo que hace interesante a un personaje con lo que hace interesante a una trama. Son cosas distintas. Una trama necesita conflicto, riesgo, posibilidad de fracaso. Un personaje necesita otra cosa muy diferente: necesita tener una posición frente al mundo, una manera de estar, unas decisiones que tomar dentro del marco que el autor le pone delante. Y ahí es donde Superman, contra toda la apariencia, es uno de los personajes más interesantes que ha producido la cultura popular del siglo XX.
Porque su drama central no es físico, es ético. Y el conflicto interesante en torno a Superman no es si será capaz de derrotar al malo de turno, que normalmente sí va a poder. El conflicto interesante es la pregunta que late por debajo de cada historia: ¿qué hace alguien con un poder de esas dimensiones cuando podría, literalmente, hacer cualquier cosa que quisiera?
El verdadero superpoder: elegir hacer las cosas bien cuando podrías no hacerlo
Esa es para mí la clave, y la razón por la que el personaje sigue resonando en cabezas como la mía. Superman puede mover continentes. Puede ver a través de las paredes. Puede oír cualquier conversación en cualquier punto del planeta. Puede destruir ciudades enteras en un puñado de segundos. Puede instalarse como dictador benevolente, como rey filósofo, como dios práctico. Podría, si quisiera, resolver el hambre del mundo a base de imponer reformas a punta de visión calorífica. Podría conseguir cualquier cosa material que se le antojara sin esfuerzo. Y, sin embargo, lo que hace es trabajar como periodista en un periódico de Metrópolis, vivir en un apartamento normal, cuidar a sus padres adoptivos en una granja de Kansas, querer a Lois Lane y, cuando hay que ayudar, ayudar.
Eso, contado así, suena a tópico. Pero conviene pararse a pensarlo despacio. Porque es exactamente lo contrario de lo que cualquier ser humano normal haría con esos poderes. Lo más realista, conociendo a la especie, sería que un Superman real terminara convertido en un tirano insoportable en los primeros tres meses. La fantasía no son los superpoderes. La fantasía es que alguien tenga superpoderes y siga eligiendo, todos los días, no usarlos en su propio beneficio. Esa decisión sostenida, repetida, voluntaria, es la verdadera maravilla del personaje. Lo demás —el vuelo, la fuerza, la invulnerabilidad— son simplemente la condición que da sentido a esa decisión.
Cuando uno lo mira desde ahí, Superman deja de ser un personaje aburrido y pasa a ser una pregunta moral disfrazada de cómic. La pregunta es: ¿qué tipo de persona elegirías ser si no tuvieras que rendir cuentas a nadie? Y la respuesta del personaje, mantenida consistentemente durante casi noventa años de publicaciones, es la respuesta más rara y más improbable de todas las posibles: una buena persona.
La temporada de los antihéroes y por qué casi todos me cansan al cabo de un rato
Durante mis años de lector activo viví la gran ola de los antihéroes oscuros. Watchmen me voló la cabeza en su momento, como a todo el mundo. Disfruté Miracleman a fondo, especialmente las etapas de Moore y Gaiman, que son de lo mejor que se ha hecho con el concepto de superhéroe desbordado. The Authority, con la primera etapa de Ellis y luego con Mark Millar, me pareció eléctrico durante un tiempo: superhéroes que se cargaban presidentes, intervenían en asuntos geopolíticos y gobernaban el mundo a hostia limpia. Leí buena parte de Vertigo, los Hellblazer, los Sandman, las cosas más turbias que se publicaban. Y me lo pasé estupendamente.
Pero con el tiempo me di cuenta de algo que me pareció revelador. Los antihéroes oscuros y atormentados, las deconstrucciones del género, los superhéroes con dilemas morales irresolubles, todo eso funciona muy bien la primera vez. Y la segunda. Pero a la quinta o sexta empieza a ser una fórmula tan reconocible como la del superhéroe clásico. Solo que con peor humor. La oscuridad se vuelve un cliché igual que cualquier otro, y el tormento del personaje deja de ser interesante cuando uno se da cuenta de que ese tormento ha sido cuidadosamente diseñado para vender más. Mucha de la complejidad moral que el género se atribuyó en aquellos años acabó siendo, vista en perspectiva, simple cinismo con buena puesta en escena.
Y entonces uno vuelve a Superman, y se da cuenta de que mantener la decencia durante noventa años seguidos, en un mercado donde todo invita a oscurecer al personaje para hacerlo más vendible, es en realidad la posición más radical posible. No la más interesante en términos de marketing, eso desde luego que no. Pero sí la más radical en el sentido literal de la palabra: la que va a la raíz, la que se mantiene firme contra la corriente, la que dice algo difícil de decir cuando todo a su alrededor empuja en sentido contrario. Bueno es una palabra que el género lleva décadas tratando como sospechosa. Superman, simplemente, no se ha dado por aludido.
Lo que sí me gusta de los oscuros, sin renegar de ellos
No quiero que esto suene a ataque a las versiones más complejas del género, porque no lo es. Miracleman sigue pareciéndome una obra maestra. The Authority me sigue pareciendo importante para entender hacia dónde llevó la lógica del superhéroe la generación de los noventa. Watchmen es lo que es, y nadie va a discutirlo a estas alturas. Esos cómics existen y deben existir, y plantean preguntas que el género necesitaba plantearse. Sin ellos, el panorama sería más pobre. Y como lector me han dado horas de placer y de pensamiento que no cambiaría por nada.
Lo que digo es otra cosa. Digo que esas obras funcionan precisamente porque dialogan con el modelo clásico, porque lo cuestionan, porque se construyen contra él. Si no existiera el Superman tradicional como referencia, todas esas deconstrucciones perderían la mitad de su potencia. La oscuridad del antihéroe solo significa algo en relación con la luminosidad del héroe clásico. Borrad a Superman del imaginario y de pronto Miracleman ya no es subversivo, simplemente es un tipo con poderes haciendo cosas turbias. Necesitas el contraste para que el conflicto exista. Y eso convierte al personaje clásico, paradójicamente, en el que sostiene a todos los demás. Es la columna vertebral del género incluso cuando el género se dedica a llevarle la contraria.
Lo que el personaje me sigue diciendo a los cincuenta y tantos
Esto es lo que más me sorprende cuando me paro a mirarlo con calma. Que un personaje que se creó en 1938, en una revista de diez centavos pensada para entretener a niños, siga teniendo cosas que decirme a mí, que ya he cumplido los cincuenta y que he leído cosas mucho más sofisticadas y mucho más adultas. Y lo que el personaje me sigue diciendo es bastante simple: que merece la pena ser buena persona, que merece la pena ayudar cuando puedes ayudar, que merece la pena no usar tu posición para conseguir cosas que no te corresponden, que merece la pena trabajar para hacer un mundo un poco mejor en lugar de aprovecharte de las grietas del que hay.
Y lo digo, conviene aclararlo, sin ninguna ingenuidad. No estoy diciendo que el mundo funcione así, que los buenos siempre ganen, que la decencia se vea recompensada o que esforzarse por hacer las cosas bien tenga un retorno material garantizado. Sé perfectamente que no. He pasado por la vida adulta como cualquier otra persona y sé que esto no va de Disney. Lo que digo es otra cosa. Lo que digo es que me parece importante mantener esa aspiración aunque el mundo no la recompense, y que me parece importante seguir creyendo, después de los cincuenta, en cosas en las que es muy fácil dejar de creer si uno se dedica a mirar demasiado las noticias.
Superman, para mí, es la versión simbólica de esa aspiración. Un tipo con todas las herramientas para hacer lo que le diera la gana, que elige todos los días no hacerlo. Un tipo cuyo poder real no es la fuerza ni el vuelo ni la invulnerabilidad, sino la decisión sostenida de portarse bien. Y eso, a estas alturas de la vida y a estas alturas del mundo, me sigue pareciendo lo más impresionante que se le puede pedir a un personaje de ficción. Y, posiblemente, también a una persona real.
Por eso sigue siendo mi favorito. Y por eso, cuando alguien que está empezando a interesarse por el género me pregunta por dónde abrir boca, sigo recomendando, antes que nada, los buenos Superman. Los de Christopher Reeve en pantalla y los de Curt Swan o José Luis García-López en viñeta. No porque crea que no hay cosas mejores. Hay muchas mejores en términos de complejidad narrativa o de profundidad psicológica. Pero antes de leer las complejas, conviene haber leído al original. Y conviene saber por qué un tipo con esos poderes elige ir a trabajar cada mañana a un periódico. Lo demás, una vez entiendes eso, viene rodado.


