Tom of Finland: de la clandestinidad al sello postal
Su obra es explícitamente sexual y no se disculpa por ello. Pero reducirla a eso es quedarse en la superficie. Tom of Finland fue uno de los ilustradores más influyentes del siglo XX, y sus dibujos acabaron en el MoMA después de haber circulado de forma clandestina. Vale la pena verlos con mente abierta.

Amsterdam en otoño de 1999 tenía ese aire de ciudad que ya sabía perfectamente lo que era sin necesidad de explicárselo a nadie. Yo llevaba unos meses viviendo en Eindhoven, a poco más de una hora al sur, y escaparme al norte cada vez que podía era una forma de compensar la escala más contenida de mi ciudad de adopción. En aquella época internet existía, sí, pero de aquella manera: conexiones de módem, páginas que tardaban siglos en cargar y un acceso a contenido de cualquier tipo que, comparado con lo de ahora, era prácticamente medieval. Encontrar según qué cosas requería moverse, buscar, entrar en sitios físicos. Las tiendas especializadas todavía tenían sentido de una forma que hoy cuesta imaginar.
Fue en una de esas tiendas, de temática gay, en algún rincón del centro de Amsterdam que ya no sabría localizar con precisión, donde cogí por primera vez un libro de ilustraciones de Tom of Finland. Lo hojeé de pie, entre estanterías, con esa mezcla de curiosidad y concentración que se reserva para los descubrimientos inesperados. Y lo compré.
Un nombre para algo que quizás ya había visto sin saberlo
El nombre en sí, Tom of Finland, tiene esa cadencia que suena a seudónimo con historia, y lo es. Detrás estaba Touko Valio Laaksonen, un finlandés nacido en 1920 que empezó a dibujar durante y después de la Segunda Guerra Mundial, en un país donde la homosexualidad era todavía ilegal. Sus ilustraciones circulaban de forma semiclandestina antes de que la revista americana Physique Pictorial las publicara a finales de los años cincuenta y le diera proyección internacional. Firmaba como Tom of Finland desde entonces.
Es posible que antes de aquel librito de Amsterdam yo ya hubiera visto alguna imagen suya sin relacionarla con un autor concreto. Su estética es tan reconocible, tan absorbida por la cultura visual gay del siglo XX, que resulta casi imposible haber llegado a cierta edad sin haberse cruzado con algo que bebiese de ella. Pero ese día en Amsterdam fue la primera vez que puse nombre y firma a todo aquello.
Lo que te golpea no es solo el erotismo
Sería deshonesto no mencionar que la obra de Tom of Finland es explícitamente sexual. Sus ilustraciones son eróticas sin ambigüedad y sin disculpa, y eso forma parte de lo que son y de lo que significan. Pero reducirlas a eso sería quedarse en la superficie, porque lo que a mí me paró los pies fue otra cosa: la estética. La coherencia visual brutal de un lenguaje que él inventó y perfeccionó durante décadas.
Los cuerpos en sus dibujos son imposibles en la escala habitual de lo posible. Hombros que no caben en una puerta, cinturas que contrastan con torsos de proporciones hercúleas, mandíbulas cuadradas, uniformes tensos hasta el límite de lo que permite la tela. Todo exagerado de forma deliberada y sistemática, como si la hiperrealidad fuera la única manera honesta de representar el deseo. Hay algo en esa exageración que no es grotesco sino celebratorio, una suerte de himno dibujado a una masculinidad que en la época en que empezó a hacerlo no tenía casi ningún otro espacio de representación positiva.
La línea es limpia, segura, sin titubeos. Los escenarios son esquemáticos, apenas esbozados, porque lo que importa es la figura. Y las figuras tienen siempre esa cualidad extraña de parecer a la vez idealizadas y completamente reales en su energía, como si captaran algo verdadero sobre la forma en que el deseo construye sus objetos.
Una influencia que está en todas partes aunque no siempre se cite
Poco después de aquel descubrimiento empecé a ver su huella en sitios donde antes no la habría reconocido. La estética del cuero gay, que él no inventó del todo pero sí codificó visualmente con más fuerza que nadie. La forma en que ciertas subculturas construyeron su iconografía en las décadas siguientes. El modo en que la masculinidad gay encontró un lenguaje propio para representarse a sí misma con potencia en lugar de con vergüenza.
Su impacto trascendió con el tiempo las comunidades para las que originalmente dibujó. Las ilustraciones de Tom of Finland llegaron al mundo del diseño, de la moda, del arte contemporáneo. Finlandia, el país que en sus años de formación criminalizaba su identidad, terminó emitiéndole sellos postales en 1992, el año de su muerte. La Tom of Finland Foundation en Los Ángeles —donde pasó parte de sus últimos años— preserva su archivo. Sus obras están en colecciones de museos como el MoMA. El arco completo de ese recorrido, de la clandestinidad al sello postal, dice bastante sobre cómo cambia la historia cuando alguien decide representar lo que quiere representar sin pedir permiso.
El librito y el libro grande
Aquel primer libro que compré en Amsterdam es pequeño, manejable, el tipo de edición que cabe en la mochila y que tiene las páginas un poco amarillentas ya. Lo conservo. Tiene esa calidad de los objetos que acumulan significado no por su valor material sino por lo que representan en el momento en que llegaron a tus manos.
Con el tiempo compré algún otro libro suyo, incluyendo una edición en gran formato que le hace mucha más justicia a su trabajo. Cuando tienes las ilustraciones a ese tamaño, con esa presencia en el papel, la calidad del dibujo se impone de otra manera. Los detalles que en una edición pequeña se intuyen, en el formato grande se hacen evidentes: la precisión del trazo, el control sobre la luz y la sombra, la composición de cada imagen como un objeto autónomo.
No sé si en 1999, con el internet que había, habría llegado a él de otra forma. Probablemente no con esa misma inmediatez del objeto físico entre las manos, en una tienda de Amsterdam, en un otoño que ahora tiene más de veinticinco años. Que para conocer ciertas cosas hubiera que ir a buscarlas tiene algo que no me parece del todo mal en retrospectiva.
Si aún no conoces su obra, o la has descartado de un vistazo, te animo a buscarla con curiosidad y sin prevenciones. No hace falta que todo te resulte cómodo para reconocer que estás ante algo genuinamente extraordinario. Laaksonen dibujó lo que quiso durante décadas, sin pedir permiso ni disculpas, y eso se ve en cada trazo. Vale la pena tomarse el tiempo de verlo.


