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Venus Marítima, el relato que me voló la cabeza

Un cuento corto de ciencia ficción publicado en 1972 que mezcla venusianos, una distopía socialista mundial y una bahía francesa donde sucede algo que nadie nombra durante quince años. Lo leí hace tiempo, lo he releído ahora y sigue funcionando.

Bahía atlántica al atardecer con aguas teñidas de un rosa pálido inquietante, hombres disfrutando el baño

Algunos cuentos los lees una vez y se te quedan dentro para siempre. No me refiero a los grandes clásicos, esos que ya vienen avalados por todos los profesores de literatura del mundo. Me refiero a esos otros, raros, casi clandestinos, que descubres por casualidad en algún volumen prestado y que años después siguen apareciendo en tu cabeza cuando menos te lo esperas. Venus Marítima, de Pierre Gripari, es uno de esos para mí. Lo leí hace bastantes años y desde entonces vuelve a aparecer cada cierto tiempo, sin avisar, normalmente cuando paso cerca de una playa atlántica con la marea baja.

He vuelto al texto esta semana después de mucho tiempo y me he llevado una sorpresa: lo recordaba a medias. Recordaba bien la parte que más me había impresionado en su momento —los hombres de Arcachón y su cofradía silenciosa— y había olvidado todo lo demás, que es prácticamente la mitad del cuento. Releerlo entero ahora ha sido como descubrirlo otra vez. Y como me ha encantado por segunda vez, viene aquí.

El planteamiento, que ya te coloca de entrada

El relato empieza con una frase que es directamente una bofetada: cuando los venusianos vuelvan a la Tierra, el mundo comprenderá por qué Jesucristo no rió jamás. Así, sin preámbulo. Y a partir de ahí Gripari se pone a contarte el futuro de la humanidad como si ya lo hubiera vivido. Todo el cuento está escrito en futuro, no en pasado ni en presente, lo cual es bastante raro y le da un aire profético de los que dejan huella. Hacia el final del relato te explica de pasada que un equipo de médiums diplomados ha previsto la historia. Cuando uno termina y vuelve al principio, descubre que la frase de apertura ya contenía todo el cuento. Solo que entonces no podías saberlo.

El argumento, contado a grandes rasgos: en 1972 los venusianos llegan a la Tierra, físicamente idénticos a Jesucristo, y aterrizan justo a tiempo de evitar la Tercera Guerra Mundial entre los tres imperios del momento. A cambio imponen un gobierno planetario único y declaran el socialismo filosofía universal obligatoria. La Tierra se reorganiza en ocho repúblicas étnicamente puras —con deportaciones masivas para conseguirlo— y el mundo entero pasa a estar gobernado desde la Luna por una octarquía que colabora estrechamente con los venusianos. Hasta aquí ya tienes ciencia ficción política para parar un tren.

Pero lo bueno viene después.

Cuando el sexo pasa a ser propiedad del Estado

En este nuevo orden mundial, las cosas íntimas se van regulando poco a poco. Primero se abole el matrimonio. Luego se prohíbe la unión libre. Después aparece un invento llamado el Automacon, una máquina paregórica de pago propiedad del Estado, que canaliza la satisfacción sexual de manera ordenada y contable. Y en 1999, cualquier coito entre individuos de sexos diferentes pasa a estar castigado con reclusión perpetua para los dos. Sí, los dos.

Hay una frase del cuento que resume toda la lógica del sistema y que es de las cosas más afiladas que recuerdo haber leído. Es el artículo 127 de la Carta Mundial del Socialismo: todo deseo cuya satisfacción no proporcione dinero al Estado no es más que un vicio. Léela despacio. Y luego léela otra vez. Porque ahí dentro hay algo que da bastante miedo.

Eso lo escribió Gripari en 1972, fíjate. Cuando todavía existía la URSS, cuando la Guerra Fría estaba en su apogeo, cuando la idea de un gobierno mundial sonaba a delirio de novela. Hoy, leyéndolo en 2026, esa frase sigue funcionando perfectamente. Solo hay que cambiar la palabra Estado por la que más rabia te dé: plataforma, algoritmo, suscripción, lo que sea. La idea de fondo es la misma y se ha vuelto, si acaso, más actual.

Y entonces aparece el microbio rosa

En medio de toda esa pesadilla burocrática, ocurre algo que nadie había previsto. Hacia 1987, las aguas de la bahía de Arcachón empiezan a cambiar de color. Se van volviendo poco a poco rosadas, espesas, opacas, ligeramente viscosas. Cuando los científicos las analizan al microscopio descubren que están saturadas de una bacteria nueva, una mutación del esperma venusiano que se ha adaptado a la vida marina. La bautizan Venus Marítima, aunque pronto la gente la llamará simplemente el microbio rosa.

Las autoridades dudan si destruirla o dejarla vivir. Al final la dejan vivir porque parece inofensiva, está confinada a la bahía, y resulta que constituye un alimento extraordinario para las ostras de la zona, cuya producción se dispara. Una decisión razonable. Una decisión, también, que el régimen va a lamentar muchísimo en los años siguientes. Porque lo que las autoridades no saben todavía es que ese microbio se alimenta exclusivamente de esperma de mamíferos, y que tiene una especie de premonición de la sensualidad masculina que le permite ofrecer al macho humano una experiencia infinitamente superior al Automacon estatal. Y, lo más imperdonable de todo desde el punto de vista del régimen, gratuita.

El secreto mejor guardado del mundo

Y aquí viene la parte que me dejó marcado cuando leí el cuento por primera vez y que sigue pareciéndome la más extraordinaria. Durante quince años, de 1990 a 2005, los hombres de Eurasia entera viajan a Arcachón en cuanto pueden. Trabajadores rusos pidiendo vacaciones en las Landas, gente que hace el viaje desde Vladivostok, ancianos, adolescentes, adultos. Todos van. Todos se bañan en aquella agua rosada y tibia. Y nadie dice nada.

No estalla el escándalo, no se nombra el secreto, no se hace ni siquiera alusión. Adolescentes, adultos, ancianos, todo el mundo calla. Hay un párrafo en el cuento donde Gripari subraya que esa discreción colectiva supone una facultad de disimulo no solamente frente al poder, sino también frente a la población femenina, que tiene visos de prodigio. Y luego añade, con la mala leche que le sale natural, que una discreción así solo es posible bajo régimen socialista.

Aparecen señales raras, claro. Los hombres se bañan menos rato que las mujeres, ciertos individuos van en grupos al caer la noche, se forma un amago de secta llamada los adoradores del mar que las autoridades disuelven aplicando la ley contra ideologías no marxistas. Pero ni siquiera durante el proceso judicial los acusados hablan. Y los jueces, esto es magistral, se guardarán de hacerles preguntas demasiado precisas. Es decir: no solo callan los gobernados. También callan los gobernantes, porque saben que conocer ciertas cosas les obligaría a actuar contra placeres que, en el fondo, también se reservan para sí mismos.

El perrito que lo arruina todo

Como casi siempre pasa con los grandes secretos, el final no llega por una traición ni por una investigación policial. Llega por un accidente menor. Una turista rusa, presentada en el cuento como la Dama del Perrito, fuerza a su caniche Polkan a bañarse en Arcachón. El perro, ajeno a las cautelas humanas que habían sostenido el secreto durante tres lustros, se niega a salir del agua. La escena que Gripari describe es comiquísima y desoladora a la vez: el caniche con el trasero metido en la bahía, los riñones moviéndose espasmódicamente, los ojos en blanco, la lengua fuera, gruñendo a su dueña cuando esta intenta sacarlo del agua.

A partir de ahí todo se precipita. La dama escribe a un amigo escritor, este viaja a Arcachón a comprobarlo personalmente, redacta un informe oficial que se publica en todas las lenguas del mundo, y el régimen pone en marcha la maquinaria de la propaganda. Al microbio rosa lo bautizan con nombres burlescos en cada idioma —los ingleses lo llaman sea-whore, los alemanes Wassarhure, los rusos Vodobliad— para intentar quitarle dignidad. Los científicos desarrollan un antibiótico específico, lo lanzan en dosis masivas a la bahía, y Venus Marítima desaparece para siempre. Las playas se desinfectan y se reabren al público.

El cuento termina con una sola frase que llevo intentando olvidar desde que la leí por primera vez y no consigo: tras este intermedio, la humanidad podrá dormirse de nuevo, para largos milenios, en el profundo aburrimiento de la era socialista. Telón.

Por qué me parece que el cuento sigue dando en el clavo

Me he pasado los últimos días pensando por qué este cuento, escrito hace más de cincuenta años por un autor casi desconocido, sigue resonando tan fuerte. Y creo que es por el artículo 127. Por esa frase del Estado y los deseos que no producen dinero. Porque el cuento, al final, no va de venusianos ni de microbios rosa. Va de cómo cualquier sistema, cuando logra suficiente poder, intenta capturar las formas en que las personas obtienen placer, y de cómo las cosas que se escapan de esa captura terminan siendo perseguidas, ridiculizadas o exterminadas con antibiótico.

Gripari estaba pensando en la URSS, eso queda claro. Pero el mecanismo que describe no es exclusivo de aquel régimen. Cualquier sistema, en cuanto puede, intenta canalizar los placeres hacia formas que pueda contar, gravar o regular. Y cualquier sistema reacciona mal cuando descubre que existe un placer importante al que no puede meterle factura. Por eso este cuento de 1972 sigue pareciendo escrito ayer. La forma exterior es de los setenta, pero el motor de la historia funciona perfectamente con el combustible que le eches: comunismo, capitalismo de plataforma, moralismo de cualquier color. Lo único que no perdona el sistema, sea cual sea, es la felicidad gratuita.

Por qué conviene buscarlo

El libro se sigue editando en francés, dentro de un volumen que lleva el mismo título que el relato. En castellano hubo traducciones antiguas, de tirada limitada, y conviene buscarlas en librerías de viejo o en plataformas de segunda mano. Yo no recuerdo bien dónde encontré la mía, pero sé que no fue en una librería normal de las grandes. La búsqueda forma parte del juego. Hay algo bonito en perseguir un libro que no está en todos los escaparates, especialmente cuando lo que vas a encontrar dentro es justamente un cuento sobre un secreto compartido por pocos.

Si lo encuentras, léelo en una tarde tranquila. Cerca del mar a poder ser, aunque no es imprescindible. Y si después de leerlo te quedas pensando en el artículo 127 durante varios días, no te preocupes. A mí me lleva pasando desde la primera vez. Es lo que tienen ciertos cuentos. Una vez te entran, se quedan.

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